El aguacate michoacano y el valor de proteger un patrimonio colectivo
Por Alejandro Castañeda
La declaratoria de Indicación Geográfica (IG) para el "Aguacate Franja Michoacán", otorgada por la Secretaría de Economía y el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), puede parecer, a primera vista, un asunto técnico relacionado con el comercio internacional y la propiedad industrial. Sin embargo, su verdadero alcance va mucho más allá de la certificación de un producto. Se trata de una decisión que reconoce el vínculo entre un territorio, el conocimiento de sus comunidades y una actividad económica que durante décadas ha dado identidad y sustento a miles de familias michoacanas.
Las indicaciones geográficas existen para proteger productos cuya calidad y prestigio dependen de las características de un lugar específico. Así ocurre con el Champagne en Francia, el Café de Colombia o el Tequila en México. Ahora, el aguacate cultivado en 31 municipios de Michoacán se incorpora a este grupo de productos cuyo origen constituye parte esencial de su valor.
La importancia de esta certificación radica en que reconoce que el éxito del aguacate michoacano no es resultado del azar. Detrás de cada fruto existe el trabajo de generaciones de productores que han desarrollado conocimientos agrícolas adaptados a las condiciones climáticas, geográficas y ambientales de la región. Ese saber colectivo también forma parte del patrimonio que merece protección.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, la Indicación Geográfica fortalece diversos derechos económicos, sociales y culturales. Contribuye a proteger el derecho al trabajo al brindar mayor certeza a miles de productores frente a la competencia desleal y el uso indebido del prestigio construido por las comunidades agrícolas. También favorece el derecho al desarrollo, al abrir oportunidades para acceder a mercados que valoran la trazabilidad, la calidad y el origen certificado de los productos.
Otro aspecto relevante es el reconocimiento implícito de los derechos culturales. Las prácticas agrícolas, los conocimientos transmitidos entre generaciones y la estrecha relación entre las comunidades y su territorio constituyen expresiones del patrimonio cultural que también merecen ser preservadas. En este sentido, la certificación reconoce que la riqueza del aguacate michoacano no depende únicamente del suelo o del clima, sino también de la experiencia acumulada por quienes lo cultivan.
Asimismo, resulta positivo que la Indicación Geográfica incorpore criterios de sostenibilidad ambiental mediante mecanismos que buscan garantizar que el producto certificado provenga de huertos libres de deforestación. En un contexto donde los mercados internacionales exigen cada vez mayores estándares ambientales, la conservación de los bosques deja de ser solamente una obligación ecológica para convertirse también en un elemento estratégico para la competitividad del sector.
Sin embargo, la certificación por sí sola no resolverá los desafíos que enfrenta la cadena productiva. Persisten problemas relacionados con la distribución del valor generado por las exportaciones, las condiciones laborales de muchos jornaleros, el acceso desigual a la certificación entre pequeños y grandes productores, así como la necesidad de fortalecer la gobernanza del propio sello.
El verdadero éxito de la Indicación Geográfica dependerá de que sus beneficios lleguen a quienes durante décadas han sostenido esta actividad con su trabajo cotidiano. Si el reconocimiento fortalece a las pequeñas y medianas unidades de producción, impulsa mejores condiciones laborales y contribuye a conservar los recursos naturales, estaremos frente a un ejemplo de cómo una política pública puede articular desarrollo económico, protección ambiental y derechos humanos.
En ese sentido, la Indicación Geográfica del aguacate michoacano no debe entenderse únicamente como una ventaja comercial. Representa una oportunidad para demostrar que es posible generar riqueza sin perder de vista que el desarrollo también debe traducirse en bienestar para las personas, respeto por el territorio y reconocimiento al trabajo de las comunidades que han hecho del aguacate uno de los símbolos más importantes de México ante el mundo.

