viernes, 2 de octubre de 2026

Las horas que no se pagan, pero sostienen la vida

 Las horas que no se pagan, pero sostienen la vida



Por Alejandro Castañeda


“Dicen que es amor. Nosotras decimos que es trabajo no remunerado”.


La frase de Silvia Federici, formulada hace medio siglo, conserva una vigencia incómoda en México. Porque detrás de una comida servida, una casa limpia, una persona enferma atendida o una niña y un niño cuidados existe tiempo, esfuerzo y una organización cotidiana que sostiene la vida. El problema es que buena parte de ese trabajo continúa realizándose sin salario y, con frecuencia, sin reconocimiento social.


Los datos actuales permiten dimensionar lo que durante mucho tiempo permaneció oculto. El INEGI estimó que en 2024 el trabajo no remunerado de los hogares alcanzó un valor económico superior a 8 billones de pesos, equivalente a 23.9 por ciento del PIB. Las mujeres aportaron 17.4 puntos porcentuales de ese valor, frente a 6.5 de los hombres. 


No se trata solamente de una diferencia estadística. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 muestra que las mujeres dedicaron, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo no remunerado doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario, mientras los hombres dedicaron 18.2 horas. La brecha fue de 21.5 horas semanales. 


En Michoacán la desigualdad es todavía más evidente: la entidad registró una de las mayores brechas de género del país en el tiempo dedicado al trabajo no remunerado, con 24.4 horas semanales. 


Estos datos obligan a cuestionar una idea profundamente arraigada: que cuidar, limpiar, cocinar o atender a la familia son simplemente expresiones naturales del amor. Pueden serlo, pero también constituyen trabajo. Y cuando una sociedad deposita de manera desproporcionada ese trabajo sobre las mujeres, las consecuencias no terminan en la cocina o dentro del hogar: afectan sus oportunidades educativas, laborales, económicas y de participación social.


Federici no planteaba únicamente ponerle precio al trabajo doméstico. Su cuestionamiento iba más lejos: hacer visible aquello que el sistema económico necesita, pero que tradicionalmente ha considerado ajeno a la producción de riqueza.


México ha comenzado a reconocer estadísticamente esta realidad. Medir el trabajo doméstico y de cuidados significa dar un paso importante para comprender su contribución al bienestar y a la economía. Pero medirlo no basta. El desafío es convertir ese reconocimiento en corresponsabilidad social, mejores políticas públicas y una distribución más justa de las tareas de cuidado.


Porque ninguna sociedad puede llamarse plenamente igualitaria mientras una parte de su población tenga que elegir entre cuidar y desarrollarse.


El amor puede explicar por qué cuidamos a quienes queremos. No debería explicar por qué ese trabajo tiene que recaer casi siempre sobre las mismas personas.


El verdadero desafío no consiste en quitarle amor al cuidado, sino en quitarle al amor la obligación de justificar la desigualdad.

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